Hace tanto tiempo que ella ya no cree en los milagros, hace tanto tiempo que lo intenta sin éxito y hace tanto tiempo que ella quiere morir.
Un día cualquiera, como cualquier otro en el mundo de Amelia, sintió un pequeño calor en la parte baja del vientre, un calor inusual y amoroso, abrazador pero reconfortante, y sintió que su mundo giraba. ¿Acaso no había pasado ya por esto antes? ¿Acaso la Luz no lograba dimensionar el dolor que le causaba este regalo, dándole el peso de la esperanza? ¿Acaso, con este, no moriría también su corazón?
Ella sabía todo esto, no era la primera vez. En un mundo hecho para la vida, donde cada día se abría un nuevo canal al mundo y un nuevo llanto le daba sonido a un mundo melodioso, donde cada mujer ya era cinco veces más afortunada que Amelia, ella sabía que era la excepción... ella sabía que el calor se apagaría.
Con el dolor de su alma, a la mañana siguiente vio cómo se abría el rojo río de la agonía, el río de la impotencia, el río de la verdad, y con este río, vio cómo se iba consumiendo la llama de su esperanza... otra vez, su cuerpo rechazaba el amor...
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